lunes, 11 de mayo de 2009

¿Por qué somos malvados?

Los mismos seres humanos que son capaces de actuaciones altruistas de ayuda al prójimo son también protagonistas de las mayores atrocidades contra sus semejantes. Muchos autores fundamentan ese altruismo en motivaciones biológicas y en la búsqueda del reconocimiento social. ¿Y el mal? La raíz biológica del mal se cataloga como un trastorno de personalidad antisocial, o sociópatas, una patología de índole psíquico que deriva en que las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales. Pero también el mal tiene un componente social aunque pueda parecer contradictorio al ser intrínsecamente antisocial.

Muchos psicólogos consideran que Hitler sufrió de neurosis, paranoia, histeria y esquizofrenia. Eso puede explicar su crueldad, pero cómo puede explicarse que millones de alemanes participaran en su locura. Es cierto que el partido nazi experimentó un importante crecimiento a principios de los años 30 pero ese crecimiento podía explicarse por la situación económica por la que atravesaba el país. Además el partido nazi nunca sobrepasó el 38% de votos e incluso perdió dos millones de votos después de alcanzar dicho techo. Asimismo perdió las elecciones presidenciales frente a la coalición de Weimar formada por partidos democráticos.

¿Cómo es posible entonces que Hitler lograra llevar a todo un país a protagonizar las actuaciones tan despreciables? Los nazis utilizaron masivamente la propaganda en proporciones desconocidas hasta aquellas fechas transmitiendo una identificación del país con su líder que fue asimilada por la población.

La fuerza de querer complacer al grupo quedo expuesta en uno de los primeros experimentos de psicología social desarrollado por Solomon Asch en los años cincuenta. Éste se desarrolló pidiendo voluntarios para un estudio sobre agudeza visual. Lo que no sabían estos voluntarios es que en realidad era un estudio sobre cómo afecta a la posición individual la opinión del grupo. Así colocaron a cada voluntario junto a un grupo de 7 o 9 personas más. El resto de integrantes sí eran conocedores del experimento y daban respuestas incorrectas a sabiendas. Al voluntario le era asignado, sin que él tuviera conciencia de ello, un determinado lugar en el aula, más bien alejado y que por lo general era el penúltimo, de forma que recibiría el impacto pleno de la tendencia mayoritaria de respuesta antes de emitir su propio juicio. El 75% de los participantes dieron una respuesta incorrecta al menos en una ocasión a pesar de la sencillez de las preguntas. Cuando los cómplices no emitían un juicio unánime era más probable que el sujeto disintiera que cuando estaban todos de acuerdo. Los sujetos que no estaban expuestos a la opinión de la mayoría no tenían ningún problema en dar la respuesta correcta.

La visión de unanimidad de las concentraciones nazis de Nuremberg lograban paradójicamente obtener ese apoyo mayoritario debido a la enorme presión social que se retroalimentaba. Pero de aceptar una serie de ideas por muy despreciables que sean a participar directamente en actos crueles hay un trecho y la crueldad nazi no se pudo ejecutar sin la colaboración de una parte importante del pueblo alemán. ¿Cómo fue posible? ¿Todos podemos ser malvados en unas determinadas circunstancias?



Eso parece corroborar otro experimento psicológico, en esta ocasión realizado en la década de los setenta por Stanley Milgram en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. A pesar de los gritos de dolor (fingidos) de la victima y los continuos ruegos, la férrea autoridad se impuso a los imperativos morales. El experimento mostró la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad.

¿Pero el peligro sólo se encuentra si un sociópata logra erigirse como autoridad? Otro experimento fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores liderado por Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford. Se reclutaron voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia. El grupo de 24 jóvenes fue dividido aleatoriamente en dos mitades: los “prisioneros” y los “guardias”. Al transcurrir los días los guardias desarrollaron un sadismo contra los prisioneros, particularmente por la noche cuando pensaban que las cámaras estaban apagadas. Asimismo los prisioneros interiorizaron su papel y se volvieron sumisos a pesar del trato vejatorio recibido. El estudio se canceló tras apenas seis días, ocho antes de lo previsto, ante la pésimas condiciones que sufrían a los prisioneros.

Un experimento similar se realizó en 2002 y fue grabado como documental por la BBC. Los resultados arrojaron algunas matizaciones respecto a la cárcel de la Universidad de Standford. No se repitieron las actuaciones crueles a que los prisioneros lograron constituirse como grupo con unos mismos objetivos por lo que se resistieron a la tiranía mientras en los guardias no surgió ningún liderazgo que les abocara a la crueldad. Los investigadores del experimento consideran que en la cárcel de Stanford ese liderazgo había sido protagonizado por el propio Zimbardo. También se añade una más consistente en la consciencia de estar siendo grabados por una cadena de televisión, lo que enfrenta a los guardias a la posible reprimenda social si actúan cruelmente. Por esa razón, Zimbardo considera más representativo y un refrendo a sus conclusiones lo ocurrido en la cárcel iraquí de Abu Ghraib donde los abusos se debieron al sadismo de los soldados del turno de noche, no a algo ordenado o autorizado por sus superiores aunque estos tampoco tomaron las medidas necesarias para impedirlo. Incluso algunas imágenes de los malos tratos llevados a cabo en Irak eran idénticas a las llevadas a cabo en el experimento de la Universidad de Standford.

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1 comentario:

  1. La transgresión de la norma es la que en ocasiones hace que esa norma permanezca viva. De hecho si ésta exite es para prevenir o corregir actitudes más que probables por su potencial factura o porque la experiencia así lo puede recomendar.

    No se trata de violar el orden preestablecido por que si, si no que se puede llegar a esta vulneración por muchos motivos.

    La cultura, la formación, los valores y los principios de cada sociedad pueden determinar en un momento determinado el patrón de comportamiento humano. Pero existen otras variables que no debemos obviar. Las circunstancias en las que se desarrollan dichas actividades pueden llegar a explicar sus causas.

    El cobijo de la noche, por ejemplo, abrigaría la impunidad del ilícito en la posible ausencia de testigos (ficción creada por uno mismo que trata de tapar el sentimiento de mala conciencia), la menor actividad laboral y/o social, da lugar a la maquinación y puesta en acción de lo tramado con mayor facilidad y la confusión que el final del día provoca en la razón humana (todos hemos creido insalvables problemas compartidos con la almohada que a la luz del día son meras anécdotas) ayudan a salirse del patrón del civismo.

    Otra cosa es el comportamiento grupal. Ahí, salvo que se la personalidad sea fuerte e independiente, el ser humano está condicionado a no defraudar al resto de la sociedad de la que forma parte, para no sentirse aislado o excluido. Ese miedo al vacío social, mueve en demasiadas ocasiones las acciones del hombre (sobre todo de personas marginadas socialmente en anteriores etapas de su vida y que encuentran en el grupo un rol que pueden asumir), aunque tenga que hacer algo que va en contra de sus principios.

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