martes, 9 de junio de 2009

¿Por qué somos indiferentes?

Decía Edmund Burke que lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada. León Gieco sólo le pidió a Dios que lo injusto no le sea indiferente en uno de sus éxitos musicales. Las personas podemos ser altruistas o malvadas. Pero también podemos ser ni lo uno ni lo otro. Simplemente indiferentes.

La indiferencia cobró una enorme relevancia mediática a mediados de los años sesenta por el asesinato de Kitty Genovese. La matanza se fraguó durante al menos media hora en plena calle. Es asesino la atacó pero abandonó la escena por miedo a haber llamado la atención de un vecino. Pero volvió diez minutos más adelante para terminar el crimen. Que los gritos de la asesinada no fueran atendidos durante media hora causó conmoción en la opinión pública de la época. Los reportajes periodísticos informaron de que 38 testigos estuvieron mirando las puñaladas sin intervenir o entrar en contacto con la policía. Llovieron cartas de los lectores. Una de ellas decía pedía a los periódicos que averiguaran el nombre de los testigos y publicaran la lista para someterlos a vergüenza pública.

Pero lo transmitido por los medios de comunicación no se ajustaba exactamente a la realidad. Ninguno de los testigos observó los ataques en su totalidad. Debido a la disposición del complejo y a que los ataques tuvieran lugar en distintas localizaciones, ningún testigo vio la secuencia completa ni era consciente que lo que estaba ocurriendo fuera un asesinato. Y sí hubo un aviso a policía pero diciendo que una mujer había sido golpeada, pero que ya se había levantado, aunque estaba tambaleándose.

El caso llamó la atención de los psicólogos John Darley, de la Universidad de Nueva York, y Bibb Lataané, de la Universidad de Columbia, que como tantos otros neoyorquinos se preguntaron por qué los testigos no habían acudido al auxilio de la víctima. Para ello realizaron algunos estudios simples como el siguiente: Se pone a un sujeto solo en un cuarto y se le dice que puede comunicarse con otros sujetos a través de un intercomunicador. En realidad, sólo está escuchando una grabación de radio y se le ha dicho que su micrófono estará apagado hasta que sea su turno de hablar. Durante la grabación, uno de los sujetos finge repentinamente estar teniendo un ataque. El estudio demostró que el tiempo que se tardaba en avisar al investigador variaba inversamente con respecto al número de sujetos. En algunos casos nunca se llegaba a avisar al investigador. Estos experimentos prácticamente descubren que la presencia de otros inhibe a ayudar.


Los testigos asumen que otro intervendrá y todos se abstienen de hacerlo en un réplica del problema del free rider. El grupo difumina la responsabilidad individual. Otra explicación puede venir de que si uno de los testigos no tiene la suficiente información puede esperar a comprobar la reacción del resto para decidir si es necesario intervenir o no. Si todos actúan igual y nadie da el primer paso, nadie actuará. Y al contrario, Piliavin, Rodin and Piliavin mostraron que si una persona ayuda, otras se sumarán.

También pueden suponer que otros testigos están más cualificados para ayudar como el caso de médicos o policías. O que su intervención sería innecesaria con lo que podrían quedar mal respecto a otros. Ayudar también puede acarrear consecuencias legales que ha llevado a la promulgación de leyes del buen samaritano en Estados Unidos.

La decisión de actuar también se ve influida por el coste de prestar ayuda, cuanto mayor sea será menos probable la ayuda, y el beneficio potencial de prestar ayuda, si pensamos que nuestra ayuda no va a tener grandes beneficios para la víctima será menos probable que ayudemos. Un ejemplo de la importancia de los costes lo encontraron Darley y Batson (1973) en un experimento en el que los participantes tenían que asistir a una cita y de camino a ella se encontraron con una persona que necesitaba ayuda. Si se hacía pensar a los participantes que llegaban tarde a la cita, la probabilidad de que ayudaran caía al 10% frente al 50% de los que no tenían prisa. ¡Incluso aunque fueran a una charla sobre la ayuda a los demás! Un ejemplo del beneficio potencial lo mostraron Piliavin y Piliavin (1972) en un experimento en el que un actor con bastón finge desmayarse en un vagón del metro de Nueva York. En la mitad de los casos, la víctima rompía una cápsula de tinta roja para que pareciera que sangraba por la boca. La víctima ensangrentada recibía ayuda en el 60% de los casos frente a la que no sangraba que era ayudada en el 90% de los casos.

No puede pasarse por alto las similitudes con el caso de Jesús Neira. Este profesor universitario reprendió a un hombre que actuaba violentamente contra una mujer. Los costes para él de esa acción fueron enormes. Por un lado el reprendido le atacó por la espalda con lo que estuvo hospitalizado de máxima gravedad ya que le provocó una hemorragia cerebral que le hizo entrar en coma. Además mujer defendida por Neira ha afirmado que el Puertas es "una bellísima persona" y que si "no hubiera intervenido, no hubiera ocurrido nada". A pesar todo esto, Jesús Neira considera que volvería a hacerlo y ha logrado un importante reconocimiento social. Pero la intervención en casos de disputas externas es compleja como muestra la condena judicial producida en Galicia por una pelea que empezó también con una recriminación por el trato de un hombre a su pareja.

Pero además de la influencia de los costes y del beneficio, Gruder, Romer y Korth enunciaron la norma de autosuficiencia marcada en nuestras costumbres sociales: cada cual debe cuidarse por si mismo, tomar las precauciones razonables y evitar negligencias. En su experimento encontraron que cuando las consecuencias de la no-ayuda eran reducidas, las personas ayudaban mucho más a las víctimas que habían actuado con diligencia que a aquellas que habían incurrido en negligencias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...