martes, 26 de mayo de 2009

El fin del capitalismo popular español

El capitalismo popular fue la denominación del proceso privatizador que se produjo en numerosos países en la década de los ochenta y que fue iniciado por Margaret Tatcher cuando encabezaba el gobierno británico. En España comenzó con las privatizaciones de Repsol y Endesa a finales de los ochenta. A diferencia de otras privatizaciones anteriores en aquella época se cedió el capital de las empresas a inversores particulares. De esta manera un gran número de familias pasó a ser poseedoras de acciones. Hubo en 1967 un antecedente con la ampliación de capital de Telefónica que atrajo a pequeños inversores mediante anuncios televisivos protagonizados por José Luis López Vázquez. Pero no fue hasta la década de los noventa cuando la totalidad del capital de las empresas públicas pasó a manos privadas y cuando se produjo la mayor presencia de particulares en la bolsa.

En 1998 se produjo el máximo porcentaje del capital de las empresas cotizadas en bolsa en manos de familias: 35,08%. Pero a partir de entonces ese porcentaje no ha parado de descender y en la actualidad el panorama del capitalismo popular español no puede ser más desolador. Sólo seis empresas superan los cien mil accionistas: Santander (3.034.000), Telefónica (1.700.000), BBVA (903.897), Iberdrola (400.000), Endesa (300.000) y Banco Popular (130.382).

Veintiún las empresas pertenecientes al Ibex 35 están controladas por un grupo de accionistas que poseen más de la mitad del capital como muestra la tabla de arriba. Nueve empresas tiene un grupo que controla más del 30% de su capital. En el caso de Red Eléctrica Española, el Estado es el mayor accionista con un 20% del capital. Únicamente cuatro sociedades no tienen controlado el capital por un grupo y se trata de tres bancos (Sabadell, BBVA y Santander) y Telefónica. Escaso peso del capitalismo popular en nuestro país. En esta situación los problemas de gobierno corporativo al que se enfrenta el pequeño accionista español no son tanto referidos a los directivos como a lo de los accionistas mayoritarios.

martes, 19 de mayo de 2009

¿Sabemos lo que queremos?

Ketama lo afirmaba en su éxito No estamos locos, sabemos lo que queremos. Pero Richard Thaler y Cass Sunstein no lo tiene tan claro en su libro Nudge. A pesar de opinar que nadie mejor que uno mismo para tomar las decisiones que le afecta, consideran que muchas veces la decisión dependerá de cómo se plantee la pregunta.

Definen Nudge (empujón) como cualquier aspecto de la arquitectura de las decisiones que altera el comportamiento de las personas de un modo predecible sin prohibirle ninguna opción ni ningún cambio significativo en los incentivos económicos.

Si fuéramos homo economicus tomaríamos siempre las decisiones correctas. Pero en muchas ocasiones no es así. Por ejemplo, todos tenemos un lado reflexivo que toma una decisión y una lado automático que toma otra diferente. Podemos tomar la decisión de levantarnos temprano un determinado día para hacer tareas pero cuando suena el despertador nuestro lado automático decide dormir la mañana. Para solucionarlo se encuentran soluciones como Clocky, un despertador programado por nuestro lado reflexivo la noche antes y que recorre toda la habitación emitiendo un molesto ruido que obliga a nuestro lado automático a levantarse para apagarlo.

Los individuos solemos escoger la opción por defecto por lo que es muy importante cual se ofrece. La alternativa de no ofrecer ninguna o de plantear un abanico de opciones demasiado amplio hace que la mayoría de agentes tome una decisión perjudicial.

No todos los datos son igual de relevantes para la toma de una decisión. Por eso la agencia medioambiental de Estados Unidos modificó las etiquetas que muestran el consumo energético de los automóviles haciendo más hincapié en el coste anual estimado en combustible. Un dato que llamó más la atención de los compradores que el consumo medio y que les ayudó a tomar una decisión más eficientemente energética.

Pero los Nudge o la arquitectura de la toma de decisiones también tiene sus peligros. Los individuos tienen preferencia por opinar de manera similar a lo que el resto. El peligro está en si se transmite que la mayoría piensa de una manera, aunque sea mentira, lo que fue utilizado por ejemplo por el nazismo para ampliar su nivel de respaldo.

Más en Otra economía: Asesores de accionistas minoritarios

lunes, 18 de mayo de 2009

El dinero también importa

Una sección de Otra Economía se titula “El dinero no es todo” y muestra muchos ejemplos en los que los incentivos monetarios se ven superados por otras motivaciones. Pero eso no quita para que la retribución dineraria sea muy relevante a la hora de tomar decisiones, tanto porque sirve para satisfacer las necesidades más primarias de la pirámide de Maslow como aquellas más superiores. A pesar de ser ampliamente reconocida su importancia, en muchas veces es fuertemente censurado como fuente de motivación.

Un estudio de la Universidad de Londres muestra que cuanto mayor sean los ingresos más fácil es lograr amigos y reconocimiento social. Además el dinero suele estar relacionado con la jerarquía social que también es fuente de felicidad. Aunque también hay otras maneras de obtener reconocimiento social que no están ligados al dinero como es ayudar a los demás o hacer bien su trabajo.

Aunque algunos estudios muestran dudas sobre la relación entre dinero y felicidad, Sala i Martin sigue defendiendo que el dinero es relevante. A veces sólo sea por la satisfacción de haberlo ganado. y otras veces con sólo contar o manipular dinero se logra ser invulnerables al rechazo social e incluso puede disminuir el dolor físico

Fuentes: Stumbling and mumbling y Economías

martes, 12 de mayo de 2009

Empresas malvadas

Los mismos seres humanos que pueden ser altruistas también pueden tener actuaciones malvadas. ¿Y las empresas? Si el nazismo fue un caldo de cultivo para la peor cara de los alemanes también lo fue para sus empresas.

Varias fueron las compañías que usaron a más de siete millones de prisioneros de los países invadidos como trabajadores forzosos. Su importancia económica fue tal que suponían más de una cuarta parte de la fuerza laboral. Las condiciones que tenían que soportar era tan crueles como las de los campos de concentración.

Incluso se llegó a instalar fábricas en las proximidades de los campos de concentración como fue el caso de la factoría de IG Farben en Auschwitz. La empresa química no sólo usaba a los prisioneros como esclavos sino además fabricaba el gas con el que serían aniquilados. Por su terrible actuación la empresa química fue llevada a juicio por crímenes contra la humanidad. Una veintena de directivos se sentaron en el banquillo y la personalidad jurídica también fue sancionada a su disolución. Sus instalaciones en Alemania Oriental pasaron a ser controladas por el régimen soviético mientras que en la parte occidental se despieza en diversas pequeñas empresas y su patrimonio se interviene para que sirve como compensación a las víctimas de su actuación en el nazismo.

Durante el quinto año de guerra, en 1944, los Krupp obtuvieron más de 110 millones de marcos en beneficios, ganados con la explotación de doscientos cincuenta mil seres humanos que trabajaban en las 81 fábricas de su consorcio. Decenas de miles murieron en los campos de concentración que rodeaban estas fábricas. Una decena de sus directivos fueron condenados en uno de los juicios de Nuremberg donde el patriarca del conglomerado, Alfred Krupp, se defendió alegando que no se preocupaba de la política y que sólo le preocupaba un sistema que le permitiese hacer negocios. Fue condenado en 1948 a doce años de prisión y a la confiscación de todos sus bienes pero tras su liberación tres años más tarde, a petición del canciller Adenauer, se le devolvió todo su patrimonio.

El tercer grupo empresarial que protagonizó un juicio en Nuremberg fue Flick KG. El fundador de la empresa, Friedrich Flick, fue miembro del denominado “Círculo de amigos de Himmler” que agrupaba a una grupo de empresarios que financiaban al partido nazi. Sus empresas no sólo se beneficiaron del uso de mano de obra forzosa sino que además se apropió de numerosos negocios en manos de judíos a los que el gobierno nazi obligó a vender. Sólo el fundador y dos de sus directivos fueron condenados a penas de prisión aunque su patrimonio no se vio afectado. Como si fuera un deja vu, el hijo del fundador y heredero del imperio empresarial protagonizó en la década de los ochenta un caso de financiación ilegal de los cuatro principales partidos alemanes.



La financiación de tiranías ha sido un negocio muy repetido a lo largo de la historia. Incluso el régimen soviético que lanzaba diatribas contra los capitalistas occidentales obtuvo financiación de esos mismos capitalistas a cambio de jugosos contratos a través de sociedades como Ruscombank y sentando las bases del sistema de Gulag.

Por supuesto que hubo muchas más empresas implicadas en las tiranías. Desde Hugo Boss que diseñaba los uniformes nazis hasta Pepsi que vendía sus productos más allá del telón de acero. Pero en esos casos no se trataba más que de intercambios comerciales usuales en los que la otra parte era despreciable pero que tampoco suponía una violación moral tan flagrante como el uso de esclavos o la compra de negocios judíos por precios irrisorios. Entre otras cosas porque tampoco lo son para las personas físicas que son capaces de pasar sus vacaciones en dictaduras caribeñas o compran sus productos sin excesiva preocupación.

La jerarquía, que supo aprovechar el nazismo, y el dinero dificultan el altruismo. Yambas variables las podemos encontrar en la institución de la empresa y no nos pueden extrañar los casos de empresas malvadas. Así la supresión del disidente fue algo corriente bajo el stalinismo, algunas veces de manera bruta a través de ejecuciones y otras de manera más sibilina mediante el desprestigio y marginación de los opositores en la línea del actual mobbing. Asimismo el culto a la personalidad se produce en numerosas grandes corporaciones donde los más altos directivos dilapidan los recursos para su autocomplacencia en medios de comunicación o publicaciones y donde se incentiva la adulación.


lunes, 11 de mayo de 2009

¿Por qué somos malvados?

Los mismos seres humanos que son capaces de actuaciones altruistas de ayuda al prójimo son también protagonistas de las mayores atrocidades contra sus semejantes. Muchos autores fundamentan ese altruismo en motivaciones biológicas y en la búsqueda del reconocimiento social. ¿Y el mal? La raíz biológica del mal se cataloga como un trastorno de personalidad antisocial, o sociópatas, una patología de índole psíquico que deriva en que las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales. Pero también el mal tiene un componente social aunque pueda parecer contradictorio al ser intrínsecamente antisocial.

Muchos psicólogos consideran que Hitler sufrió de neurosis, paranoia, histeria y esquizofrenia. Eso puede explicar su crueldad, pero cómo puede explicarse que millones de alemanes participaran en su locura. Es cierto que el partido nazi experimentó un importante crecimiento a principios de los años 30 pero ese crecimiento podía explicarse por la situación económica por la que atravesaba el país. Además el partido nazi nunca sobrepasó el 38% de votos e incluso perdió dos millones de votos después de alcanzar dicho techo. Asimismo perdió las elecciones presidenciales frente a la coalición de Weimar formada por partidos democráticos.

¿Cómo es posible entonces que Hitler lograra llevar a todo un país a protagonizar las actuaciones tan despreciables? Los nazis utilizaron masivamente la propaganda en proporciones desconocidas hasta aquellas fechas transmitiendo una identificación del país con su líder que fue asimilada por la población.

La fuerza de querer complacer al grupo quedo expuesta en uno de los primeros experimentos de psicología social desarrollado por Solomon Asch en los años cincuenta. Éste se desarrolló pidiendo voluntarios para un estudio sobre agudeza visual. Lo que no sabían estos voluntarios es que en realidad era un estudio sobre cómo afecta a la posición individual la opinión del grupo. Así colocaron a cada voluntario junto a un grupo de 7 o 9 personas más. El resto de integrantes sí eran conocedores del experimento y daban respuestas incorrectas a sabiendas. Al voluntario le era asignado, sin que él tuviera conciencia de ello, un determinado lugar en el aula, más bien alejado y que por lo general era el penúltimo, de forma que recibiría el impacto pleno de la tendencia mayoritaria de respuesta antes de emitir su propio juicio. El 75% de los participantes dieron una respuesta incorrecta al menos en una ocasión a pesar de la sencillez de las preguntas. Cuando los cómplices no emitían un juicio unánime era más probable que el sujeto disintiera que cuando estaban todos de acuerdo. Los sujetos que no estaban expuestos a la opinión de la mayoría no tenían ningún problema en dar la respuesta correcta.

La visión de unanimidad de las concentraciones nazis de Nuremberg lograban paradójicamente obtener ese apoyo mayoritario debido a la enorme presión social que se retroalimentaba. Pero de aceptar una serie de ideas por muy despreciables que sean a participar directamente en actos crueles hay un trecho y la crueldad nazi no se pudo ejecutar sin la colaboración de una parte importante del pueblo alemán. ¿Cómo fue posible? ¿Todos podemos ser malvados en unas determinadas circunstancias?



Eso parece corroborar otro experimento psicológico, en esta ocasión realizado en la década de los setenta por Stanley Milgram en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. A pesar de los gritos de dolor (fingidos) de la victima y los continuos ruegos, la férrea autoridad se impuso a los imperativos morales. El experimento mostró la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad.

¿Pero el peligro sólo se encuentra si un sociópata logra erigirse como autoridad? Otro experimento fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores liderado por Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford. Se reclutaron voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia. El grupo de 24 jóvenes fue dividido aleatoriamente en dos mitades: los “prisioneros” y los “guardias”. Al transcurrir los días los guardias desarrollaron un sadismo contra los prisioneros, particularmente por la noche cuando pensaban que las cámaras estaban apagadas. Asimismo los prisioneros interiorizaron su papel y se volvieron sumisos a pesar del trato vejatorio recibido. El estudio se canceló tras apenas seis días, ocho antes de lo previsto, ante la pésimas condiciones que sufrían a los prisioneros.

Un experimento similar se realizó en 2002 y fue grabado como documental por la BBC. Los resultados arrojaron algunas matizaciones respecto a la cárcel de la Universidad de Standford. No se repitieron las actuaciones crueles a que los prisioneros lograron constituirse como grupo con unos mismos objetivos por lo que se resistieron a la tiranía mientras en los guardias no surgió ningún liderazgo que les abocara a la crueldad. Los investigadores del experimento consideran que en la cárcel de Stanford ese liderazgo había sido protagonizado por el propio Zimbardo. También se añade una más consistente en la consciencia de estar siendo grabados por una cadena de televisión, lo que enfrenta a los guardias a la posible reprimenda social si actúan cruelmente. Por esa razón, Zimbardo considera más representativo y un refrendo a sus conclusiones lo ocurrido en la cárcel iraquí de Abu Ghraib donde los abusos se debieron al sadismo de los soldados del turno de noche, no a algo ordenado o autorizado por sus superiores aunque estos tampoco tomaron las medidas necesarias para impedirlo. Incluso algunas imágenes de los malos tratos llevados a cabo en Irak eran idénticas a las llevadas a cabo en el experimento de la Universidad de Standford.

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martes, 5 de mayo de 2009

Los millonarios invierten en ecología

El diario británico The Sunday Times confeccionó una lista de los 100 millonarios que invierten e impulsan diferentes proyectos renovables y medioambientales. Siete (dos de ellos comparten puesto), de los 35 norteamericanos que hay, están entre los diez primeros. El español José Manuel Entrecanales ocupa el puesto 20º, y el chileno Sebastián Piñera el 46º. Dentro del grupo de americanos, hay también dos canadienses.

El listado comienza con Warren Buffett (EEUU), seguido de Bill Gates (EEUU), Ingvar Kamprad (Suecia) y Marcel Brenninkmeijer (Holanda).

Desde hace unos años, Buffet se disputa con su inmediato seguidor, Bill Gates, el puesto del hombre más rico en la Tierra. En este caso, el dueño de Berkshire Hathaway, un poderoso holding con intereses en diversos campos, desde caramelos a financieras, ha hecho también su apuesta por las renovables. MidAmerican Energy, otra de sus compañías, es líder en desarrollo en energía eólica y ha invertido en una firma hongkonesa, BYD, que produce baterías para coches eléctricos.

Bill Gates también se ha abocado a invertir y realizar operaciones en empresas inmersas en la fabricación e investigación de biocombustibles, en especial a partir de algas. Patrimonio: 36.820 millones de dólares (unos 29 mil millones de euros).

Si decimos Ikea, la mundial, casi omnipresente cadena de mobiliarios hogareños, mentamos a su mentor, el sueco y meticuloso Ingvar Kamprad. Sus políticas medioambientales se extienden a algunas de sus tiendas. Como en el Reino Unido, donde se han implementado sistemas de energía geotérmicos y a partir de los residuos. De hecho se ha planteado como año tope 2012 para que el total de los locales de la firma tenga fuentes eléctricas basadas en renovables. También está involucrado, junto a Honda, en el desarrollo de un coche híbrido.

Marcel Brenninkmeijer es el presidente de Good Energies, un fondo de inversión enfocado a proyectos energéticos sustentables. Es integrante de la familia holandesa que gestiona la firma de ropa C&A. Good Energies tiene presencia en EEUU, Europa y Asia, y está envuelto en la eólica y la energía solar.

Mukesh Ambani es el cabeza de Reliance Industries, empresa con la que está intentando desarrollar biocombustible a partir de la jatropha y otros cultivos no comestibles, pasibles de crecer en tierras no cultivables. Ambani es el hombre más rico de la India, aunque, como muchos de la lista, su fortuna ha sufrido un retroceso por la actual crisis. Patrimonio: 21.100 millones de dólares (16.740 millones de euros).

Otto Group es la mayor empresa en el mundo en ventas por catálogo. Su cabeza hasta 2007, el alemán Michael Otto, dirigió la empresa fundada por su padre hace seis décadas. Con una postura muy firme en el tema ambientalista, siempre ha planteado manejar productos ecológicos, al punto de llegar a prohibir los que posean químicos en lacas, pinturas y fibras, como también productos de peletería y madera tropical. Otto sustenta una fundación que trabaja por preservar el río Elba.

Paul Allen es socio fundador de Microsoft, tiene además una empresa asentada en Seattle, Imperium Renewables, que planea manejar el 40 % del biocombustible del poderoso mercado estadounidense. También participa en investigaciones para generar electricidad en sistemas geotermales a partir de géiseres, aguas termales o volcanes.

Google es la creación más notoria de Larry Page y Sergey Brin. Ambos han establecido, también, Tesla Motors, un homenaje al inventor de la corriente alterna, Nikola Tesla, y que anuncia para el próximo junio el lanzamiento de su modelo Tesla Roadster, un modelo deportivo de alta gama y, aseguran, 100 % eléctrico. ¿Su precio? Cercano a los 125 mil dólares (unos 99 mil euros). La energía solar, eólica y geotérmica, también están entre los intereses de ambos, con inversiones varias.

Via The Times y Energías renovables

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