miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Nos hace malvados el libre mercado?


El debate sobre mercado y moralidad que realizó la Fundación Templeton ha sido trasladado por Citoyen a la blogosfera. Como en todo debate surgen los problemas de la nomenclatura: ¿qué valores morales consideramos acertados? Además, la Fundación Templeton habla de libre mercado, Citoyen de mercado y ambos parecen referirse al capitalismo.

Si entendemos libre mercado como el simple intercambio de productos o servicios, la moralidad recaerá directamente en los actores de la operación. Si alguien adquiere un bien robado, la responsabilidad recaerá en quien lo compra y lo vende. Pero los demás también tendrán la responsabilidad de alentar o desincentivar ese comportamiento.

Podemos recurrir a la reputación en el mercado para castigar estos comportamientos. El resto de los agentes rehuirá de hacer intercambios comerciales por lo que les resultará más rentable abandonar su comportamiento. Este planteamiento, no carente de razón, plantea dos debilidades. La primera se deriva de que el comportamiento de los agentes no tiene porque ser fácilmente observable. Un ejemplo lo podemos encontrar en la televisiva familia Darling, aportan enormes fondos para causas benéficas de manera pública a la vez que toman decisiones inmorales en la privacidad. La segunda se refiere a que la información es un bien público costoso de obtener, cada uno de los actores del mercado tendrá pocos incentivos de comprobar si cada uno del resto de participantes en el mercado ha comprado o vendido material robado.

Además tenemos que tener en cuenta la existencia de un grupo de consumidores y comerciantes que tendrán una situación de trade-off entre sus ideas morales y sus necesidades materiales, pudiendo llegar a elegir la compra de productos robados dada una determinada situación en el mercado a pesar de que censuren dicho comportamiento.

Por eso es factible que esos comerciantes y consumidores honrados decidan establecer reglas que impidan la venta de productos robados para desincentivarse a ellos mismos a tener que realizar actuaciones reprobables. Se trataría de evitar un dilema del prisionero mediante la toma de decisiones conjuntas e introduciendo la moralidad. Sería como un grupo de amigos que deciden dejar de fumar a la vez y llegan al acuerdo que si alguno de ellos encuentra a otro fumando deberá apagárselo y éste deberá pagarle una cena. Además serviría para asegurarse que ninguno de ellos se beneficiará de la compraventa de productos robados. Siguiendo con el símil, sería como el caso del fumador que decide guardar en una caja fuerte de la que no tiene llave su último paquete de cigarrillos.

Por tanto, no se tratará sólo de juzgar la moralidad del intercambio sino también evaluar la idoneidad de las normas que lo regulen. El establecimiento de unas leyes facilita un comportamiento ético en el mercado pero también incentiva la existencia de grupos que quieran apropiarse de la riqueza de los demás a través de dichas normas de manera moralmente reprobable.

Las normas legales deberían estar restringidas aquellas decisiones morales en las que exista un amplio consenso y cuya violación suponga un importante perjuicio para la mayoría de participantes en el mercado. En el resto de situaciones la valoración de la reputación es más eficaz. La promulgación de numerosas normas suelen ir relacionadas con los intereses espurios de grupos de presión y dificulta el cumplimiento y persecución de aquellas necesarias. En ese caso habría ilegalidades que muchos agentes considerarían éticas como ocurre en el caso de la publicidad o si se declararan obligatorias muchas de las medidas de responsabilidad corporativa.

Además del intercambio en sí y las normas que lo regulen, existe un tercer aspecto referido a los participantes en el mercado. Si dos individuos realizan intercambios en el mercado, ambos son responsables de sus actos. El problema surge cuando en el mercado participan sociedades con personalidad jurídica que sirven de velo a la responsabilidad de sus miembros. Añadido a la propia estructura de las empresas donde la propiedad está separada de la gestión, provoca comportamientos contrarios a los que habría si actuaran individualmente. De esta manera desaparecen los incentivos de reputación social o satisfacción personal mientras se multiplican los incentivos económicos cortoplacistas carentes de responsabilidad en los errores.

El mercado requiere para su correcto funcionamiento de un comportamiento moral de los agentes que cree confianza y evite exorbitados costes de transacción. Las relaciones comerciales serán tanto más beneficiosa cuanto más ético sea el comportamiento de los participantes. Incluso la participación en el mercado puede ser moralmente superior a otras medidas como la caridad. El mercado premia la moralidad, por lo que no sólo no corrompe sino que contribuye a hacer mejor personas. Pero para ello se necesita unas normas limitadas y eficaces y que los participantes no tengan estructuras que incentiven su irresponsabilidad.

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