jueves, 20 de noviembre de 2008

La moralidad de las intenciones y de las consecuencias

El iniciador del meme sobre el debate entre moralidad y mercado en la blogosfera, Citoyen, acaba de publicar un post contestando a la pregunta sobre si el mercado corrompe la moralidad. Han sido numerosos los blogueros que se han apuntado a la iniciativa pero Citoyen plantea dos razones para aventurar la influencia negativa del mercado sobre la moralidad que merecen un detalle.

La primera se refiere al anonimato que proporciona el mercado. Se trata de un argumento que ya protagonizó el primer post de este blog en el que criticaba a Vernon Smith por explicar la contradicción de Adam Smith con el argumento de que los hombres se comportan como homo economicus en contextos impersonales donde la mano invisible del mercado la que opera mientras en situaciones de alto intercambio social influye su propensión a intercambiar solidaridad, afecto, compasión y ayuda la que opera. Albert Espuglas introduce la reputación como corrector de ese comportamiento. Efectivamente eso puede explicar por qué una famosa actriz puede estar dispuesta a realizar una donación en un telemaratón benéfico mientras se niega a ayudar a una prima en dificultades económicas.

Pero eso no explica por qué consumidores anónimos se niegan a comprar balones fabricados por menores en condiciones inhumanas (que es mercado) o dedican su tiempo libre a colaborar con comedores para necesitados (que también es mercado). La reputación es una importante motivación (incluso si no supone un beneficio monetario) pero no podemos olvidar la autosatisfacción, que si hacemos caso a Mamoneides será mayor si el bien se realiza en el anonimato.

El segundo se refiere a que el mercado favorece las instituciones individualismo-ético-egoísta a costa de las altruistas. Para contrarrestarlo propone desgravaciones fiscales para las empresas que llevan a cabo obra social y el fomento de las ONG’s. Parece que Citoyen se fija más en la moralidad de las intenciones que en la moralidad de las consecuencias. En mi post de respuesta al meme, ¿nos hace malvados el mercado?, advertía que en muchas ocasiones la organización de las empresas provoca unos incentivos que alientan la irresponsablidad. Pero las ONG no se libran de los incentivos para un comportamiento egoísta a pesar de sus principios altruistas. Por eso en muchas ocasiones las ONG caen en contradicciones, agravan el problema que pretenden solucionar y suponen una competencia desleal a las empresas. La película Dogville nos muestra cruelmente las nefastas consecuencias que puede tener un acto bienintencionado.

Por el contrario, en muchas ocasiones aquellas empresas que buscan obtener beneficios logran una mejora muy importante en las condiciones de vida de la sociedad. No es fácil establecer la frontera de la moralidad en el ánimo de lucro, entre otras cosas, porque la propia definición de beneficio resulta muy discutible.

¿Consideramos más moral una institución que dice no tener ánimo de lucro pero que crea un perjuicio a la sociedad o una que persigue la obtención de un beneficio pero aporta una mejora?

2 comentarios:

  1. "Parece que Citoyen se fija más en la moralidad de las intenciones que en la moralidad de las consecuencias."

    No me fijo más; me fijo exclusivamente en eso. Mi definición de moralidad es una definición bastante conductista-para que sea operativa: comportamientos observados que se puedan calificar como morales.

    Si me fijara en las consecuencias, tendríamos que definir funciones de bienestar social y sustituir la moralidad por tema como eficiencia y distribución; algo que, según mi interpretación se sale del campo de la pregunta.

    En cuanto a tu última pregunta, yo no considero morales las instituciones sino los individuos. Mi idea era mostrar con el post que es posible que un sistema que funciona bien a nivel agregado pueda resultar en principios negativos a nivel micro. Luego sí es posible.

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  2. Todo comportamiento tiene consecuencias y por eso ambas se ven afectadas por la definición de función de bienestar.

    Es cierto que la moralidad corresponde a los individuos y no a las instituciones, pero éstas proporcionan incentivos para un comportamiento moral o inmoral de los individuos por lo que no se pueden considerar neutras.

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